domingo, 13 de marzo de 2016

*PENSAR CON EL CORAZÓN Y QUERER CON LA CABEZA*

Con este artículo pretendo rendir un homenaje a mi amigo José Antonio que tanto me animó a escribir. Son muchísimas más las cosas que hizo por mí y por las personas que trataba, siempre con un extraordinario espíritu de servicio.
Recuerdo cómo me entregaba algunos de sus proyectos de escritos o libros diciéndome “mira a ver qué te parece esto”. Tremenda la humildad de este hombre con dos doctorados y que se nos fue, sin duda a la casa del Padre, con 82 años tras haber sido arquitecto, arqueólogo, profesor de universidad, escritor y, en sus últimos cuarenta y ocho años, sacerdote de Jesucristo.
Lo que pongo a continuación es un resumen de unos de  esos borradores que, como varios más, conservo con afecto y que, como muchos de los suyos, tienen un título lleno de ingenio no exento de mensaje: “Pensar con el corazón y querer con la cabeza”:

* Introducción.
Piensa, piensa. Discurre, discurre. Analiza, analiza. Ordena, ordena. Discute, discute. Cabeza.
Desea, desea. Anhela, anhela. Ríe, ríe. Llora, llora. Rabia, rabia. Corazón.
El espécimen humano que se ha dado  en llamar animal racional, cuerpo y alma, mujer y hombre, tiene cabeza y corazón. Las dos cosas, cabeza y corazón.
Y ocurre que a quien pretende usar sólo la cabeza se le llama filósofo, y a quien pretende usar sólo el corazón, poeta.
Pero resulta que es imposible usar sólo la cabeza o sólo el corazón, porque sucede que, si el corazón no riega la cabeza, ésta se deteriora hasta el infarto cerebral, y si la cabeza, el cerebro, no rige bien el movimiento del corazón, éste se descompensa hasta el infarto cardíaco.
En ambos casos, la muerte de ambos, la del hombre o de la mujer, más o menos tarde, es inevitable.
No se puede ser sólo filósofo o sólo poeta.
Sin embargo, muchos han pretendido, al menos en Occidente y a lo largo de la Historia, ser sólo filósofos y, lo peor, es que han pretendido que sólo así se podría alcanzar la verdad.
Otros han declarado ser sólo  poetas, y que sólo así se podía experimentar el amor.
Los dos están equivocados.

* Pensar con el corazón.
Comencemos este apartado con una narración de un hecho real sucedido en el Japón, sucedido no hace muchos años. Uno de sus protagonistas es un sacerdote amigo mío, de Zaragoza, por más señas.
Este sacerdote instruyó en la religión católica a un universitario japonés que era, en origen, animista con algunos principios morales de Confucio, y llegó un momento en que debía y quería acceder al Bautismo.
 Como es preceptivo, cuando se trata del bautismo de adultos, fue enviado al Obispo de la diócesis para que le hiciera las preguntas convenientes que demostraran su idoneidad para recibir el Sacramento. El Obispo declinó en el sacerdote esta función como muestra de deferencia y de confianza.
Empezó el examen…..Gracias a Dios el examinador conocía bien la idiosincrasia japonesa y conocía especialmente  bien a Soichi porque, si no, hubiera podido terminar todo en desastre, aunque no impidió que el primero se pusiera algo nervioso.
> ¿Crees que nuestra Señora es madre y virgen?- preguntaba.
- Sí- fue la escueta contestación.
> ¿Por qué?- Intentaba indagar el examinador.
- Porque es muy bonito- contestaba Soichi.
Así continuaron las siguientes preguntas y respuestas.
> ¿Crees que cada hombre recibe de Dios un alma individual?
- Sí.
>¿Por qué?
- Porque es muy bonito.

Para Soichi Dios existe porque su existencia es algo muy bonito, Jesucristo es Dios y hombre porque es algo muy bonito, sólo hay una Iglesia verdadera, porque esto es algo muy bonito y la verdadera es la Católica porque es la más bonita de todas. Para Soichi, el argumento de belleza es más convincente que el de razón. Para el sacerdote occidental, el argumento de estar algo contenido en la Revelación, o de simple razón, es más convincente que el de su belleza.
Soichi siente atraído su corazón por el objeto bello- material o espiritual -, le ama espontáneamente y, por eso, cree en él. El sacerdote siente atraído su entendimiento por el resplandor de la verdad- revelada o argumentada-, por eso cree, y esta afirmación de la fe le lleva a amarla. Los dos hacen lo mismo por diferentes caminos o, mejor, por el mismo camino pero en direcciones opuestas. Pero quizá para occidente haya llegado el momento de cambiar de rumbo o, al menos de rectificarlo, poniendo a la belleza en su lugar. Resumiendo, ha de decirse que la verdad no puede perder de vista la belleza, si quiere ser comprendida en toda su profundidad, y la belleza no puede perder de vista la verdad si quiere no apartarse de la doctrina.

* Querer con la cabeza
Analizar qué pueda significar “querer con la cabeza” es algo más difícil que estudiar lo que significa “pensar con el corazón”. Sin embargo, hemos de intentarlo.
Comenzaré también, como en el apartado anterior, narrando una historia pero, en este caso, más íntima para mí que aquélla, pues consiste en un pequeño suceso cuyos autores somos mi padre, mi madre, un hermano mío y yo.
Mis padres eran ya muy mayores-pasaban ya los dos de los ochenta años cuando, un día cualquiera, fuimos mi hermano y yo a comer con ellos a su casa de Pamplona. A punto de terminar la comida, mi madre se levantó y anduvo a lo largo del pasillo porque iba a buscar no sé qué. Mi padre la siguió con la mirada, con unos ojos llenos de cariño, y nos dijo:
- Hijos míos, vosotros veis en vuestra madre una ancianita.
Nos apresuramos a interrumpirle:
- No. Se conserva muy bien y está guapísima.
Cosa que era verdad, pero que no ocultaba su vejez.
Nuestro padre continuó…
- No, hijos, no. Vosotros veis una ancianita, pero yo veo a Pilar.
No sólo veía lo que llegaba a su retina, sino a Pilar. A Pilar completa, con una imagen que abarcaba desde los tiempos de su noviazgo hasta el presente de la vejez, llena de recuerdos de momentos dichosos y de otros difíciles, de alegrías y de sufrimientos compartidos, de intimidad, de ayuda mutua.
Veía a Pilar completa con el entendimiento y la memoria, con la comprensión y el recuerdo, y todo ello le emocionaba el corazón, con un amor que comenzaba en el entendimiento, puede decirse, que con él, con la cabeza, en primer lugar, amaba.
Ejercitarse en amar con la cabeza es necesario a todos los entrados en años, llamémosles así, pero especialmente a los matrimonios, a cada uno, al marido y a la mujer. Y conste que es verdadero amor, verdadero amor sensible, verdadero amor del corazón arrastrado por la cabeza.
El entendimiento puede encender el corazón y, por eso, el hombre es responsable de sus amores y de sus odios.

* Epílogo
Como final y resumen de todo lo dicho, citaré unas palabras de Su Santidad Benedicto XVI el 6 de Agosto de 2008:
“Creo que las dos cosas van unidas: la razón, la precisión, la honra de la reflexión y la belleza. Una razón que de algún modo quisiera despojarse de lo bello quedaría mermada, sería una razón ciega. Sólo las dos cosas unidas forman el conjunto y, para la fe, esta unión es importante”.

-FIN-
*** Esto es del libro de igual título escrito por José Antonio Iñiguez, mi amigo.

 Alejandro 

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